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El legado de Mandela. Una reflexión del investigador y escritor Mikel Itulain



Pensamiento político y social  |  África

19 de julio de 2013

El líder sudafricano, Nelson Mandela, cumplió 95 años y aunque su estado de salud continúa delicado, y sigue hospitalizado en Pretoria, los habitantes sudafricanos celebraron el aniversario en una jornada de solidaridad, donde miles de personas se acercan a distintos proyectos solidarios y ofrecen 67 minutos de su tiempo. Son parte de las actividades que se multiplicaron por todo el país, en homenaje al hombre que luchó contra el apartheid.

Mandela fue el prisionero número 466/64, esto es que fue el preso número 466 en 1964 en la isla de Robben, durante 17 años en precarias condiciones. Posteriormente pasaría otros 10 años más en otras dos prisiones diferentes, sumando una pena total de 27 años. El gobierno de Sudáfrica rechazó todas las peticiones de que fuera puesto en libertad. Mandela se convirtió en un símbolo de la lucha contra el apartheid dentro y fuera del país, una figura legendaria que representaba la falta de libertad de todos las personas negras sudafricanas.

Tras su liberación el 11 de febrero de 1990, Mandela trabajó en conjunto con el entonces presidente de Sudáfrica, Frederik Willem de Klerk, liderando a su partido en las negociaciones para conseguir una democracia multirracial en Sudáfrica, cosa que se consiguió en 1994, con las primeras elecciones democráticas por sufragio universal. Posteriormente Mandela ganó las elecciones y fue presidente de Sudáfrica desde 1994 hasta 1999. Su prioridad estuvo frecuentemente en la reconciliación nacional.

Sin embargo, aún hoy no se puede decir que no existe el racismo en Sudáfrica, como tampoco se puede decir que se haya erradicado esta lacra en tantos y tantos países occidentales. La población sudafricana sufre además el apartheid de la pobreza y de las diferencias entre los pocos muy ricos y la mayoría muy pobre. Mandela ha hecho mucho, sin duda, pero Sudáfrica necesita más impulsos en pro de la justicia y la igualdad. Esto es precisamente lo que refleja el artículo que adaptamos radiofónicamente del investigador y escritor, Mikel Itulain titulado “El legado de Mandela”.

Mandela es el líder político más valorado del mundo por parte de la población occidental. Fue y es un símbolo de la lucha contra la discriminación racial en África del Sur, un país, que como tantos, sufrió la codicia de las invasiones europeas. Los nativos de este lugar se llevaron la peor parte, como ocurrió en otros continentes, y de estas terribles injusticias surgieron los luchadores que las combatieron, no como héroes, sino como personas de carne y hueso.

El líder del Congreso Nacional Africano, que se convirtió en presidente de Sudáfrica y en la persona más respetada en aquellos países que de un modo u otro contribuyeron al apartheid, no tuvo un camino de rosas, pasó veintisiete años encarcelado y fue considerado como un terrorista hasta fechas bastante recientes. Estados Unidos no dejó de calificarlo así hasta el año 2008.

En los años del apartheid, países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Israel colaboraban activamente con este sistema discriminatorio. Organizaciones como Amnistía Internacional no reconocían tampoco como un luchador político a Mandela y en el mismo modo no había una condena clara al apartheid, según señala Dennis Bernstein, que fue miembro de Amnistía Internacional. Dice Bernstein:

“Usted verá una gran coincidencia entre los enemigos tras los que va Amnistía Internacional y los intereses tanto de los Estados Unidos como del gobierno británico. Vamos a tomar un ejemplo más antiguo, el apartheid en Sudáfrica bajo el antiguo régimen criminal. Amnistía Internacional se negó rotundamente a condenar el apartheid en Sudáfrica. A pesar de mis mejores esfuerzos, mientras yo estaba en el comité, y de otros miembros del Consejo, no lo hicieron. Ellos son la única organización de derechos humanos en el mundo entero que se ha negado a condenar el apartheid en Sudáfrica. Ahora ellos pueden dar cierta teoría increíble acerca de por qué no lo hicieron. Pero el motivo principal fue que el mayor defensor tanto económicamente como políticamente del régimen criminal del apartheid en África del Sur fue el Gobierno británico, seguido por el gobierno de los Estados Unidos. Y no importa como de insistentemente lo intentamos, no importa lo que hicimos, no condenarían el apartheid en Sudáfrica”.

Mandela fue un hombre valiente, y así, en el año 1997, fue a visitar a una persona que le había apoyado en los momentos difíciles, era Muamar Gadafi, que estaba sufriendo un cruel embargo por parte del FMI y del poder económico occidental. La visita enojó a los dirigentes occidentales, entre ellos Bill Clinton, el que era presidente de los Estados Unidos, pero el líder africano, Mandela, defendía claramente y sin titubear su posición, además demostraba la hipocresía de quienes querían indicarle lo que debía hacer. Mandela dijo:

“Ningún país puede reclamar ser el policía del mundo y ningún estado puede dictar a otro qué debería hacer. Aquellos que ayer fueron amigos de nuestros enemigos [el apartheid] tienen el descaro hoy de decirme que no visite a mi hermano Gadafi, ellos nos están aconsejando ser desagradecidos y olvidar a nuestros amigos del pasado”.

Los tiempos cambiarían y Sudáfrica, junto a Gabón y Nigeria, apoyaría el ataque militar de la OTAN contra Libia. El presidente de la Comisión de la Unión Africana, Jean Ping, de Gabón, prohibió incluso que se guardara un minuto de silencio en la Unión Africana por el brutal y cruel asesinato del líder libio Muamar Gadafi. Después, visto el desastre, vendrían las rectificaciones, ya tardías y sin efecto práctico. Los presidentes de África del Sur Zuma y Mebki criticaron con dureza la acción de la OTAN y también Mebki denunció que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ignoraba a la Unión Africana y trataba a las personas de África con absoluto desprecio.

Volviendo a la vida de Mandela, su salida de la cárcel y el respeto que por él han tenido las instituciones políticas y económicas, y los medios de comunicación, no fue debido a un acto de magnificencia o de humanidad.

Para el reportero y documentalista australiano, John Pilger, “pocos sudafricanos eran conscientes de que este "proceso" [el proceso por el que los líderes del Congreso Nacional Africano -ANC-, renunciaban a la lucha por la justicia social] había comenzado con alto secreto más de dos años antes de la liberación de Mandela, cuando el ANC en el exilio había, en efecto, hecho un trato con destacados miembros de la élite Africáner en las reuniones en una casa señorial, Mells Park House, cerca de Bath. Los principales impulsores fueron las corporaciones que habían sostenido el apartheid”.

Pilger señala que “casi al mismo tiempo, Mandela estaba llevando a cabo sus propias negociaciones secretas. En 1982, había sido trasladado desde la isla de Robben a la prisión de Pollsmoor, donde podía recibir y entretener a la gente. El objetivo del régimen del apartheid era dividir el ANC entre los "moderados" que podrían "hacer negocios con" (Mandela, Thabo Mbeki y Oliver Tambo) y aquellos de los municipios de primera línea que dirigió el Frente Democrático Unido (UDF). El 5 de julio de 1989, Mandela fue sacado a escondidas de la cárcel para conocer a PW Botha, el presidente de la minoría blanca conocido como el Groot Krokodil (Gran Cocodrilo). Mandela estaba encantado de que Botha sirviera el té”.

En Sudáfrica se dio fin, al menos nominalmente, a la discriminación racial, al apartheid, pero se dejó de lado la justicia social, permaneciendo el apartheid económico. Quienes mantuvieron e impulsaron el apartheid siguieron dominando el mundo político y económico, pero ahora en colaboración con aquellos que lucharon no solo por acabar con la discriminación racial, sino también por acabar con el monopolio de la economía en manos de las poderosas familias que dirigían las corporaciones y el país. Rompieron la "irrompible promesa", según palabras de Mandela y de los dirigentes del ANC, y África del Sur no terminó de salir del peor de los apartheid, el de la discriminación y la marginación por la miseria, por la profunda pobreza.



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